La proximidad, camino de esperanza

06.03.2025

Esta reflexión cuaresmal es desgarradora porque, como fuente inspiradora de nuestra reflexión, el papa Francisco vive «su» Cuaresma desafiándonos a «caminar juntos en la esperanza».
Y la esperanza es nuestra alma.

De hecho, «juntos» no es un apiñamiento, sino la presencia fraterna de un «caminar con» y nunca en soledad, por muy autosuficientes que nos consideremos.

Miramos a nuestro alrededor y nuestro corazón se ve invadido por tantas preguntas y perplejidades.
La soledad dicta sus leyes, reavivando las heridas de la indiferencia.

Vivimos en un fariseísmo generalizado en el que nos aferramos a la ley y a los protocolos en lugar de a la persona; vivimos en el cinismo del abandono de las personas ancianas y de las que no son productivas; vivimos en la soledad de la infancia en su autorreferencialidad, de personas jóvenes y adolescentes que no ven perspectivas de futuro, sin experimentar la felicidad de una relación recíproca fuera de las pantallas en las que viven; vivimos en desconexión con una educación ilusoria en la que se cree que el aprendizaje está exento de dificultades y de necesidad de esfuerzo; vivimos con alergia la vida en sus diversas etapas; vivimos con indiferencia o de forma encarnizada contra las personas emigrantes separadas de sus familias y sometidas a condiciones miserables, indiferentes ante el tráfico humano de mujeres para la prostitución y de menores vendidos a personas que mendigan aprovechándose de nuestra «piedad» por una infancia carente.

Lo impensable parece poder suceder en un mundo que, habiendo experimentado tantas veces la locura de la guerra, es incapaz de romper la atracción del abismo bélico.

Podemos caer en la tentación de bajar los brazos, de sentir derrota, de no abrazar el dolor con nombre propio, de no saborear las lágrimas amargas de la soledad o la desesperación.

Nos conectamos a equipos tecnológicos que nos permiten llegar a mucha gente y al mismo tiempo exacerban nuestro individualismo.

Pero ninguna de estas vías dará respuesta a nuestros problemas.

El cambio sólo es posible mediante la creación de redes de vecindad y una paz que rechace la ambición económica sin escrúpulos. Una paz que se construye apostando por la cooperación y la solidaridad. Porque, como dice el Papa en su mensaje, «Caminar juntos significa ser tejedores de unidad, partiendo de nuestra común dignidad de hijos de Dios; significa caminar codo con codo, sin pisotear ni avasallar al otro, sin alimentar la envidia ni la hipocresía, sin permitir que nadie se quede atrás ni se sienta excluido».

Todos tenemos la misma dignidad.

Es este viaje «juntos» el que debe realzar la vecindad en nuestros corazones y acoger «misericordiando», como enseña el papa Francisco.

Que nuestras casas, parroquias, movimientos, lugares de trabajo y de ocio sean lugares de vecindad sin acepción de personas (nacionales o migrantes; ricos o pobres; sanos o enfermos), y que el toque de nuestras manos sea el de Jesús.

Este será el antídoto para superar las barreras y el mal contagioso del individualismo.

Sólo llegaremos al corazón de Dios Amor caminando «juntos», por la cercanía, el servicio, poniéndonos la toalla en la cintura y lavando los pies "al prójimo, empezando por los más pequeños". Aunque el camino sea pedregoso y por senderos y callejuelas poco recomendables.

Esta debe ser la «Cuaresma», el tiempo privilegiado para reevaluar nuestra vida a la luz del Evangelio, lo que exige también una actitud de humildad y reconocer nuestras propias debilidades y pecados, sintiendo -como dijo recientemente el papa Francisco desde el hospital- «en nuestro corazón la "bendición" que se esconde en la fragilidad».

Por eso es un tiempo de conversión sincera, donde florecen la misericordia, la esperanza y el compromiso con las personas más necesitadas.

La Cuaresma lleva consigo la esperanza de la Pascua, la razón que nos hace personas cristianas.
A pesar de un cielo gris, podemos esperar un arcoíris de paz, solidaridad y fraternidad. Arriesguémonos a la vecindad como camino de esperanza.

Esta Cuaresma, hagamos del caminar un estímulo para atrevernos a construir un mundo diferente.

En esta Cuaresma, hagamos de nuestro caminar «juntos», como comunidad cristiana y como comunidad humana, un criterio para medir nuestra fidelidad al proyecto de Dios sobre la humanidad.

En esta Cuaresma, hagamos de nuestro caminar «juntos» en la esperanza un testimonio de nuestro compromiso con la promoción de la justicia y la paz como impulso para la novedad de la resurrección.

Lisboa, Comisión Nacional de Justicia y Paz de Portugal.